El vermú en Madrid – En Madrid, el vermú no se pide, se toma. Y particularmente, los domingos se toma sin mirar el reloj.
Hay ciudades que se conocen caminando. Madrid también se conoce sentado en una barra.
Un domingo cualquiera, cuando la ciudad comienza a bajar el ritmo, las terrazas se llenan de conversaciones y las tabernas empiezan a preparar el aperitivo. Es entonces cuando aparece uno de esos pequeños rituales que forman parte de la vida madrileña: tomar el vermú.
No es simplemente beber una copa antes de comer. Es salir a la calle, encontrarse con alguien, ocupar una mesa al sol, pedir algo de picar y dejar que la mañana se alargue un poco más.
El Vermú en Madrid
El vermú tiene una historia mucho más antigua que Madrid. Es un vino aromatizado con hierbas, especias y otros ingredientes, entre ellos el ajenjo. Su versión moderna se desarrolló en Europa durante el siglo XVIII y, con el tiempo, llegó a convertirse en una bebida habitual en los bares y tabernas españolas.
En Madrid encontró un lugar especialmente apropiado. La ciudad tenía sus tabernas, sus mercados, sus barrios y una cultura de barra en la que comer y beber siempre han sido también una forma de relacionarse.
El vermú encajaba perfectamente. No necesitaba una celebración. Solo una barra, algo para acompañarlo y alguien con quien conversar.
El domingo tiene otro ritmo y quizá por eso el vermú está tan unido al domingo madrileño. Después de levantarse sin demasiada prisa. Después de pasear. Después de pasar por el mercado. Antes de sentarse a comer. Una copa de vermú, una aceituna, una banderilla o una tapa y unos minutos que se convierten fácilmente en una hora.
El vermú es ese momento que separa la mañana de la comida. Pero también es algo más, es una forma de encontrarse.

El Vermú de Grifo
Hay una imagen que pertenece a muchas de las antiguas tabernas de Madrid: el vermú servido directamente del grifo. Todavía podemos encontrarlo en lugares que conservan buena parte de la personalidad de aquellas viejas barras.
En Malasaña, Casa Camacho mantiene desde hace décadas la tradición del vermú y sus conocidos yayos, una combinación de vermú, gaseosa y ginebra.
En Chueca, Taberna Ángel Sierra, abierta a comienzos del siglo XX, conserva buena parte de la estética de las antiguas tabernas madrileñas y continúa siendo un lugar de referencia para tomar el vermú.
Y también en Malasaña, Bodega La Ardosa, fundada en 1892, mantiene elementos de su historia y el vermú de grifo como parte de su propuesta.
Son lugares diferentes, pero tienen algo en común: la barra sigue siendo protagonista.
El Vermú Nunca Llega Solo
Quizá una de las tradiciones más atractivas del ritual sea que el vermú casi nunca llega solo: aceitunas, banderillas, boquerones, conservas, patatas, tortilla… una pequeña tapa.
No hace falta mucho. Porque lo importante no está únicamente en lo que hay sobre la mesa. Está en lo que ocurre alrededor: una conversación, una noticia compartida, un encuentro casual… una historia que alguien cuenta mientras termina su copa.

Una Tradición Viva
Durante algunos años, el vermú pareció quedar asociado a las generaciones que habían aprendido a tomarlo en las tabernas de toda la vida, pero nunca desapareció completamente. Siguió allí, en los barrios, en las barras, los domingos.
Y poco a poco volvió a ocupar un espacio que parecía haber perdido. Hoy convive con nuevas vermuterías, neotabernas y establecimientos que han recuperado el espíritu del aperitivo madrileño y lo han acercado a generaciones más jóvenes.
Hermanos Vinagre es un buen ejemplo de esta nueva etapa: una propuesta nacida en Madrid que recupera la cultura de la barra, los encurtidos, los escabeches y el vermú, pero desde una mirada contemporánea.
La tradición cambia de escenario, pero el ritual permanece.
La Mirada LHOVYT
Para conocer Madrid no basta con visitar sus monumentos, hay que observar cómo vive. Y quizá, una mañana de domingo sea uno de los mejores momentos para hacerlo.
Busca una taberna, siéntate en la barra, pide un vermú. Prueba algo de la casa y mira alrededor.
No es necesario buscar una experiencia extraordinaria, porque mientras Madrid cambia constantemente, algunas cosas permanecen.
Una barra, una copa, una conversación. Y ese momento, justo antes de comer, en el que nadie parece tener demasiada prisa.
Porque algunas costumbres no necesitan reinventarse. Solo necesitan seguir vivas.
